Por Miguel Santos
(Julio 2008)
La rana del estanque gozaba de pasar las tardes en reposo. Usaba un sombrero desarreglado y permanecía largo rato sople y sople una flauta dulce. No era como las otras ranas. Ellas decían que la tarde se había hecho para saltar de un lado a otro y para croar al viento. La rana del estanque no se acomodaba a las costumbres, cuando debía croar soplaba horriblemente su instrumento y cuando debía saltar intentaba andar, también horriblemente, alternando sus dos ancas. Una tarde en la que nuestra amiga, como todas las tardes, se dedicaba al sosiego, la clásica princesa del cuento llegó al estanque en busca de su príncipe azul; todas las ranas comenzaron a brincar emocionadas y unas a otras se incomodaban esperando ser cada cual la elegida. La princesa al ver tal alboroto prefirió seguir el sonido espantoso de la flauta y encontró un sombrero ahogado en un instrumento de viento. El aspecto peculiar de la especie y su falta de atención para con ella, la sedujo más que la música y los croares infinitos. Tomó al flautista entre sus brazos y lo besó apasionadamente. Al abrir los ojos y esperar que el anhelado príncipe hiciera su aparición lo que encontró frente a ella fue un asqueroso batracio que comenzó a croar tan fuerte como una ambulancia. Desde aquel día, en aquel estanque todas las ranas tocan la flauta dulce y todas las princesas prefieren escoger un buen marido entre los de su especie.
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